Dolphins 7-20 Commanders: una serie para ilusionarse y un fin de semana que recordó todo lo que queda por construir
Miami abrió la pretemporada mostrando durante unos minutos muchas de las ideas que Jeff Hafley y Bobby Slowik llevan meses intentando implantar. Después llegaron los problemas de profundidad, tres intercepciones, una derrota por 20-7 y una lesión de Quinn Ewers que obligó a los Dolphins a volver al mercado de quarterbacks.
Hay partidos de pretemporada cuyo resultado apenas sobrevive unas horas. El 20-7 con el que los Washington Commanders derrotaron a los Miami Dolphins probablemente termine perteneciendo a esa categoría. Pero el primer partido de la era Jeff Hafley dejó bastante más material para analizar que el marcador.
Miami enseñó durante su primera posesión una versión del equipo reconocible con lo que sus nuevos entrenadores llevan prometiendo durante todo el verano: un ataque físico, paciente y capaz de correr directamente contra el rival; un quarterback móvil que no necesita cargar con todo el peso de la ofensiva; y una línea ofensiva dispuesta a desplazar defensores en lugar de depender continuamente de llevar el balón hacia el exterior.
Durante unos minutos funcionó prácticamente todo. Después salieron muchos de los titulares y apareció el otro Miami: dificultades para proteger al quarterback, una producción aérea casi inexistente, tres intercepciones, problemas para detener la carrera y una diferencia evidente entre el primer grupo y la profundidad del roster.
Tres días después, el partido todavía seguía teniendo consecuencias. Quinn Ewers había terminado la noche lesionado, Miami volvió a firmar a Mark Gronowski y Jamaree Salyer fue enviado a injured reserve. Entre medias, Hafley compareció inmediatamente después del encuentro y volvió a hacerlo tras revisar el vídeo al día siguiente.
Lo que comenzó como el primer partido de pretemporada terminó convirtiéndose en una fotografía bastante completa del punto en el que se encuentra este nuevo proyecto.
Miami recibió el balón en su propia yarda 7 y Malik Willis se puso por primera vez al mando del ataque de los Dolphins en un partido. Catorce jugadas y 93 yardas después, De’Von Achane entraba en la end zone desde una yarda para colocar el 7-0.
Habían transcurrido 7:06 y prácticamente todo lo que Miami quería probar había funcionado.
Willis completó cuatro de sus cinco pases para 43 yardas, añadió nueve yardas con sus piernas y terminó su única posesión con un rating de 102.5. No hubo ningún lanzamiento espectacular de 50 yardas ni una jugada diseñada para engordar el highlight reel. Su actuación resultó interesante precisamente por lo contrario: pareció cómodo llevando el ataque, tomó lo que le ofrecía la defensa y utilizó sus piernas cuando la jugada lo requería.
Malik Washington fue su principal válvula de seguridad, atrapando tres pases para 15 yardas durante aquella posesión, mientras Caleb Douglas protagonizó la acción más vistosa del ataque con una recepción a una mano de 28 yardas. Willis también convirtió una escapada en una penalización por horse collar que dejó a Miami a las puertas de la end zone.
Sin embargo, quizá la parte más significativa de aquella serie estuvo ocurriendo delante de Willis.
Achane corrió siete veces para 39 yardas y el touchdown, pero más importante que la producción fue la dirección de esas carreras. En las diez primeras carreras diseñadas de Miami, nueve atacaron entre los tackles. Achane encontró ganancias de 5, 14, 5, 7, 6, 1 y 1 yardas antes de que Jaylen Wright añadiera una carrera interior de 13 y Ollie Gordon II otras de 9 y 3. Sólo una de esas diez primeras carreras salió por fuera del tackle.
Es una muestra diminuta y estamos en agosto, pero cuesta no verla como una pista del ataque que Bobby Slowik está construyendo.
Los Dolphins venían de un sistema que buscaba el perímetro con una frecuencia extraordinaria. Ante Washington vimos durante esos primeros drives una propuesta mucho más vertical: guards grandes, carreras interiores, movimiento de la línea defensiva y un quarterback cuya capacidad para quedarse el balón obliga al rival a respetar una amenaza adicional.
Jonah Savaiinaea y Kadyn Proctor tuvieron precisamente el tipo de acciones que Hafley lleva reclamando durante todo el training camp.
Había, eso sí, un contexto que tampoco conviene ignorar: Washington decidió descansar a una parte muy importante de sus titulares. La primera serie de Miami fue prometedora, pero no fue una prueba contra la defensa que los Commanders alinearán cuando empiece la temporada regular.
Aun así, para un ataque que estrena entrenador, quarterback y buena parte de su identidad, 93 yardas desde la propia yarda 7 fueron un primer paso difícil de mejorar.
El problema es que aquella sería la última vez que Miami anotaría en toda la noche.
Cuando Willis abandonó el partido apareció Quinn Ewers y la historia cambió radicalmente.
Su línea estadística fue contundente: 1 pase completado de 8 intentos, 27 yardas y una intercepción. Su rating terminó en 1.6. Más tarde Cam Miller cerraría el partido con 3 completos de 11 intentos, 39 yardas y otras dos intercepciones. Entre ambos quarterbacks, Miami completó sólo cuatro de 19 pases para 66 yardas y entregó tres balones.
La primera de esas pérdidas llegó cuando Quan Martin interceptó a Ewers y entregó a Washington el balón en la yarda 35 de Miami. La defensa consiguió limitar el daño a un field goal de 29 yardas de Jake Moody, pero el partido ya había comenzado a inclinarse hacia el otro lado.
Y sería demasiado sencillo atribuir todo el colapso ofensivo a Ewers. El rookie estuvo impreciso y nunca encontró ritmo, pero también sufrió problemas de protección, rutas que no terminaron como debían y oportunidades de big play que se escaparon por errores ajenos al quarterback. Hafley insistiría precisamente en ese punto cuando revisó el vídeo: hubo al menos un par de jugadas potencialmente grandes en las que, a su juicio, Ewers había hecho su parte y el resto del ataque no había ejecutado.
Eso no convierte su actuación en buena. Simplemente ayuda a explicar por qué el cuerpo técnico no hizo después la misma lectura que podía sugerir un 1 de 8.
Miami terminó el encuentro con sólo 226 yardas totales, diez primeros downs y un 3 de 12 en terceros downs. Washington produjo 334 yardas, consiguió 21 primeros downs y mantuvo el balón durante 35:23, más de diez minutos por encima de los Dolphins. La diferencia de volumen fue igualmente significativa: 71 jugadas ofensivas de los Commanders por 53 de Miami.
Y aun así hubo un apartado que sobrevivió al deterioro general del ataque: la carrera.
Miami terminó con 117 yardas terrestres en 28 intentos, una media de 4.2 por carrera. Achane produjo 39 en siete intentos, Ollie Gordon II otras 39 en siete y Jaylen Wright 22 en seis. Entre los tres principales running backs sumaron exactamente 100 yardas en 20 carreras.
No fue suficiente para sostener el ataque cuando desapareció el juego aéreo, pero sí reforzó una de las conclusiones más interesantes del estreno: Miami parece decidido a comprobar si puede construir parte de su identidad ofensiva desde dentro hacia fuera.
El patrón del ataque se repitió al otro lado del balón. El primer grupo defensivo respondió bien, especialmente contra la carrera. Washington apenas consiguió cuatro yardas terrestres en sus tres primeros intentos y Miami mostró varios de los elementos que Hafley lleva meses reclamando: tackles interiores cerrando espacios, edges manteniendo el contain y once jugadores persiguiendo el balón.
La jugada defensiva más importante del primer cuarto llegó posteriormente, cuando Marco Wilson interceptó a Sam Hartman en la red zone y evitó que Washington aprovechara una posesión prometedora. También hubo buenos momentos individuales de jugadores que buscan sitio en la rotación: Chris Johnson apareció cerca de su propia end zone, David Ojabo y Max Llewellyn compartieron un sack y Mason Reiger consiguió otro durante la segunda mitad.
Pero, conforme fueron abandonando el campo los jugadores más importantes, Washington empezó a ganar la batalla física que Miami había dominado al comienzo.
Robert Henry Jr. encontró un hueco para un touchdown terrestre de 22 yardas y Kaytron Allen añadió otro desde la yarda 1 antes del descanso. Entre ambos terminaron acumulando 160 yardas de carrera: Allen consiguió 85 en 23 intentos y Henry 75 en 12. Washington cerró el partido con 174 yardas terrestres en 41 carreras.
El descanso llegó con 17-7. Miami no volvería a acercarse seriamente. El tercer cuarto terminó sin puntos y, ya en el último periodo, Drew Stevens convirtió un field goal de 41 yardas que estableció el definitivo 20-7.
Era el primer partido de pretemporada y, como recordó Hafley posteriormente, muchos de los jugadores que estaban sobre el campo en ese momento peleaban por un puesto. Pero precisamente ahí apareció uno de los primeros interrogantes importantes del verano: detrás de determinadas posiciones titulares, ¿tiene Miami suficiente profundidad para sobrevivir cuando lleguen las lesiones? El viernes no ofreció una respuesta demasiado tranquilizadora.
Cuando Jeff Hafley compareció después del encuentro no pareció especialmente interesado en convertir su primer partido como head coach de los Dolphins en una historia personal.
Preguntado por lo que significaba para él aquel estreno, desvió rápidamente la atención hacia sus jugadores. Su evaluación se centró más en cómo había jugado Miami que en el hecho de haber perdido.
Al día siguiente, después de revisar el vídeo, esa idea quedó todavía más clara.
Hafley lleva desde su llegada repitiendo una palabra: physicality. Y encontró ejemplos de ella en el partido.
Destacó la forma en la que el primer front defensivo había cerrado la carrera y reservó una expresión especialmente gráfica para Chop Robinson: “Chop was violent.” También enseñó delante de todo el equipo acciones de Jonah Savaiinaea y Kadyn Proctor desplazando defensores y terminando sus bloqueos, utilizando el vídeo no sólo para elogiar a dos jóvenes linieros sino para mostrar al vestuario cómo quiere que se juegue.
Incluso el trabajo como bloqueadores de los tight ends recibió elogios. Greg Dulcich, que había llegado a la semana después de estar limitado por problemas físicos, pudo participar de forma reducida en el partido, y Hafley destacó posteriormente tanto su actuación como la de Will Kacmarek.
Pero Hafley también planteó la pregunta que convierte esa satisfacción en un desafío: ¿será capaz el equipo de mantener ese nivel físico cuando esté cansado, cuando se acumule el desgaste del camp o cuando llegue el siguiente partido?
Un drive de 93 yardas no construye una identidad. Tampoco lo hacen unas cuantas buenas series defensivas. La intención es convertirlo en hábito.
Quizá ningún momento de la noche explicó mejor cómo pretende Hafley conseguirlo que una penalización que ni siquiera tuvo influencia decisiva en el resultado.
Durante la segunda mitad, Ollie Gordon II recibió una falta de 15 yardas por conducta antideportiva tras lanzar el balón hacia un defensor después de una acción. Hafley respondió sacándolo inmediatamente del partido.
No fue una decisión impulsiva ni un castigo definitivo. Habló con Gordon en la banda, lo mantuvo fuera durante un tiempo y posteriormente permitió que regresara. Al día siguiente volvió sobre el incidente, primero con el jugador y después utilizándolo como enseñanza para el resto del equipo.
Su explicación resume probablemente mejor que cualquier discurso lo que está intentando cambiar:
“If you’re going to have a standard, there have to be consequences. Otherwise your standard is just a bunch of BS.”
Para Hafley, las penalizaciones antes o después de la jugada no son únicamente errores técnicos. Son acciones egoístas que perjudican al resto del equipo.
Gordon pudo volver al partido porque el objetivo no era humillarlo ni condenarlo por un error. Era establecer que las palabras utilizadas durante todo el training camp tienen consecuencias cuando llega un partido.
Es fácil exigir disciplina en julio. La prueba real comienza cuando hay que aplicarla. El sábado, Hafley todavía defendía públicamente el proceso de Quinn Ewers. Reconocía que no había estado bien, pero repartía responsabilidades y aseguraba que en ese momento Miami no estaba pensando en incorporar a otro quarterback para competir por el puesto de QB2.
Un día después cambió el escenario. Se conoció que Ewers había sufrido una lesión en la ingle durante el partido. Los reportes apuntaron a que se produjo relativamente pronto y que el quarterback siguió jugando antes de dejar su sitio a Miller. La lesión debería apartarlo al menos de varios entrenamientos y pone seriamente en duda su participación en el segundo partido de pretemporada.
Eso añade contexto a su 1 de 8, aunque sería demasiado sencillo utilizar la lesión como explicación para cada lanzamiento fallado.
Y también obligó a Miami a reaccionar. El domingo 16 de agosto los Dolphins anunciaron oficialmente el fichaje del quarterback Mark Gronowski, apenas nueve días después de haberlo cortado. Miami también incorporó al linebacker Cam Riley, colocó al guard/tackle Jamaree Salyer en injured reserve y cortó con designación de lesionado al cornerback Ethan Robinson.
La franquicia no presentó oficialmente la contratación de Gronowski como consecuencia directa de la lesión de Ewers, pero el momento difícilmente puede separarse del estado de la sala de quarterbacks.
Willis continúa siendo el QB1. Mientras Ewers se recupera, Cam Miller dispone de una oportunidad para asumir más repeticiones y Gronowski proporciona el cuarto brazo que el equipo necesitaba para seguir entrenando y afrontar el próximo compromiso.
Gronowski es además un jugador conocido por el cuerpo técnico. El rookie de 1,88 metros y 102 kilos pasó parte del verano con Miami antes de ser cortado el 7 de agosto. Su carrera universitaria incluyó dos campeonatos FCS con South Dakota State, el Walter Payton Award de 2023 y una última temporada en Iowa antes de llegar a la NFL.
La otra noticia quizá sea todavía más preocupante para la profundidad del roster.
Salyer llevaba sin entrenar desde la primera semana del camp y ahora pasa a injured reserve. Llegó a Miami después de disputar 64 partidos y ser titular en 40 con los Chargers, y estaba llamado a proporcionar precisamente algo que el viernes pareció faltar cuando salieron los titulares: experiencia y versatilidad detrás de la línea ofensiva principal.
Así, un partido de pretemporada que comenzó enseñando la prometedora nueva línea ofensiva terminó tres días después recordando lo frágil que puede ser la profundidad detrás de ella.
Miami perdió 20-7, fue superado 334-226 en yardas, perdió la batalla de los turnovers 3-1 y sólo convirtió tres terceros downs. Si aquello hubiera sido un partido de temporada regular, no habría demasiadas maneras agradables de contar la historia.
Pero agosto sirve para buscar otras respuestas. Y el primer examen dejó algunas.
Malik Willis pareció cómodo dirigiendo el ataque. La primera línea ofensiva consiguió mover gente. Achane encontró espacios corriendo mayoritariamente entre tackles. Caleb Douglas volvió a enseñar por qué está siendo uno de los jóvenes más comentados del verano. El primer front defensivo mostró la violencia que busca Hafley y varios rookies acumularon los snaps que necesitan para ser evaluados.
También dejó preguntas bastante más incómodas.
Cuando desaparecieron los titulares, el ataque se derrumbó. La profundidad de la línea sufrió. Los dos quarterbacks que siguieron a Willis completaron cuatro pases entre ambos y lanzaron tres intercepciones. Los Commanders terminaron corriendo para 174 yardas y controlaron el balón durante más de 35 minutos.
Y ahora Ewers está lesionado, Salyer ha pasado a injured reserve y Gronowski vuelve a formar parte del equipo.
Quizá por eso el debut de Jeff Hafley se entiende mejor sin mirar demasiado el 20-7.
Durante siete minutos vimos una versión bastante clara de lo que Miami quiere llegar a ser: físico por dentro, disciplinado, capaz de correr el balón, con un quarterback que añade una amenaza con sus piernas y una defensa agresiva que persigue cada jugada.
Durante el resto de la noche vimos todo lo que todavía separa esa idea de un equipo completo.
La siguiente oportunidad llegará contra los New York Giants.
En pretemporada el marcador se olvida rápido. Lo que Miami necesita comprobar ahora es si esas primeras 93 yardas, y sobre todo la forma de recorrerlas, fueron simplemente una buena serie de agosto o el primer vistazo real al equipo que Hafley está intentando construir.
