Re-Sieler-encia
El castellano es uno de los idiomas con un léxico y una gramática más rica y compleja del globo terráqueo. En nuestra lengua, Cervantes escribió las aventuras de un alocado caballero que fantaseaba con doblegar gigantes a lomos de un escuálido corcel. Ramón y Cajal no tuvo problemas para describir pormenorizadamente los hallazgos del enigmático cerebro humano que le hicieron ganador del premio Nobel. Imagino que en los albores lingüísticos del castellano ocurría como en el Macondo de García Márquez dónde “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo”. El paso del tiempo terminó por modelar el lenguaje castellano, como si de una pieza de un orfebre se tratara, puliendo sus imperfecciones y completando su inabarcable vocabulario. Incluso se ha modernizado y actualizado, incorporando anglicismos, en una descarada oda al esnobismo, para aclimatarse a los tiempos convulsos que nos conectan a través de las pantallas digitales, caracteres y emojis con los que nos comunicamos en pleno siglo XXI.
Hay palabras para definir casi cualquier cosa. Un ejemplo “aleatorio”: Resiliencia, palabra que nuestra Real Academia, esa que “limpia,fija y da esplendor” define como “capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adverso”. Leyendo esta acepción sólo viene a mi mente la imagen de un ser vivo. Un “animal” de veintinueve años y ciento treinta y seis kilos de peso llamado Zach Sieler….
Porque este espécimen, que lleva el número noventa y dos a la espalda, ha tenido que “adaptarse” a multitud de “agentes perturbadores” en su carrera NFL hasta llegar al momento en que ha firmado un contrato con los Miami Dolphins de tres años de duración y sesenta y siete millones de dólares. Ha pasado de no recibir ofertas universitarias a convertirse en el defensa mejor remunerado de la franquicia del sur de Florida
VIAJE AL ESTRELLATO
El “ser vivo” que nos ocupa nació en Pickney, Michigan hace 29 años. El grandullón de Zach fue un deportista innato desde su infancia y compaginó el fútbol americano con el westrling y el atletismo. Fue un destacado Pickney Pirate en su época de instituto y uno de los jugadores más destacados de su entorno. Pronto empezó a descubrir que, al lado de la palabra resiliencia en el diccionario podría aparecer perfectamente su fotografía por su facilidad para superar “siituaciones adversas”. Las cartas con membrete universitario no llegaban a su domicilio, el buzón amanecía vacío cada mañana, al parecer sus casi dos metros y ciento veinte kilos no eran apropiados para la liga estudiantil.
Había dos opciones: renunciar a su sueño o aclimatarse a las dificultades. Como buen resiliente, Sieler eligió la segunda posibilidad.
Sin nada que perder, con la maleta repleta de ilusión y su inquebrantable fe, ingresó en la universidad de Ferris State como walk on. El primer año, como era de esperar, tuvo que ver los partidos de sus compañeros desde la banda y esperar su oportunidad. En cuanto saltó al césped quedó claro que iba a ser un Bulldog que pasaría a la historia. Dos años más tarde, e infinidad de placajes después, se despedía camino al draft de la NFL como uno de los mejores jugadores de la división II de la NCAA y un mito viviente de su alma mater universitaria.
Suena el teléfono, Ozzie Newsome al habla: ¡Enhorabuena Zach! Vamos a convertirte en un Baltimore Raven con el pick doscientos treinta y ocho del draft. Un viaje de setecientas veintinueve millas desde Michigan y la primera ocasión de su vida en la que la diosa fortuna no le es esquiva al bueno de Sieler.
Fue una ilusión, un espejismo de la realidad soñada por Zach, porque el cuatro de diciembre de dos mil diecinueve la NFL le mostraba su cara más amarga. Volvían a decirle que “no servía para esto”. Le daban un motivo más para rendirse al ser cortado por los Ravens.
Un evento desestabilizador se cruzaba nuevamente en su destino. Llegó entonces la que Sieler sabía que sería su última oportunidad. Los Dolphins reclamaban sus servicios vía waivers en una época convulsa en Miami Gardens.
Tocaba remar contracorriente una vez más, dejarse el alma en cada entreno, y derrochar “sangre, sudor y lágrimas”.
En la soleada urbe de Florida supieron apreciar el talento de Zach. Sin hacer ruido su nombre fue convirtiéndose en asiduo en las alineaciones titulares de Miami cada domingo. Golpe a golpe verso a verso, que diría Serrat, a la sombra de compañeros más mediáticos, se fue forjando el camino de Sieler en la NFL.
Tras un excelso año dos mil veintidós donde acumuló setenta placajes y tres sacks y medio, estampó su rúbrica en el primer contrato importante en la mejor liga del mundo. Se comprometía a continuar en los Dolphins tres temporadas más a cambio de treinta y ocho millones de dólares.
A pesar de los ceros que se acumulaban en su cuenta bancaria no podía confiarse. Era consciente de la naturaleza efímera de los pactos que se forjan en las competiciones profesionales. Continuó viviendo en la modesta autocaravana que compartía con su inseparable Hannah. Sin lujos ni estridencias, cada mañana apagaba el despertador con el mismo objetivo en mente: superarse a sí mismo.
Sin Wilkins a su lado, ofreció todavía mejores prestaciones. Se transformó en un especialista disruptor del pocket y acumuló diez sacks en dos temporadas consecutivas (único defensive tackle de la liga en conseguirlo). El público del Hard Rock Stadium se había rendido a sus pies a pesar de que su nombre era el gran ausente en las listas habituales de los ránkings de final de temporada.
Noventa y un partidos después de su debut, más de doscientos placajes a sus espaldas y treinta sacks en su haber han servido para acabar de enterrar las piedras en el itinerario deportivo de Zach.
Su lucha contra el infortunio parece definitivamente superada. Por segunda vez ha tenido que sellar con su firma ese etéreo documento que es un contrato de la NFL. Estatus de estrella, que nadie podía intuir en su primer día en Ferris State, se le otorga a Sieler con este nuevo acuerdo hecho público en el verano actual. Sesenta y siete millones de dólares por seguir jugando en el centro de la línea defensiva de los Dolphins tres campañas más. El jugador a las órdenes de Anthony Weaver (coordinador defensivo de Miami) con los emolumentos más elevados que dignifican su labor deportiva.
Otros pensarían que dicho momento es el final de la historia. Pero estoy seguro que Zach ya imagina un mañana mejor. Ha cambiado su “motorhome” (perdón por sucumbir al jactancioso embrujo del anglicismo) por un piso estándar en el que criar a su familia. Sigue acudiendo cada mañana a Miami Gardens con el mismo estímulo vital que le ha acompañado toda su carrera: vencer la lucha contra sí mismo. Sieler es un jugador para el que se acaban los calificativos conocidos, el único integrante de la NFL que puede ayudarnos a modelar un nuevo lenguaje futbolístico como hicieran los Buendía en sus cien años de soledad, y definir nuevas palabras para expresar su fortaleza mental y deportiva evitando que haya que “señalarla con el dedo.
Desde aquí proclamamos con orgullo: larga vida a la Re-Sieler-encia!.